Elogio del artefacto por Alfredo Llorens

Elogio del artefacto
por ALFREDO LLORENS

Confieso que fui un niño repelente de ésos que hojean las enciclopedias y lo atlas, un pequeño sabiondo que observa metódicamente el mundo que le rodea y luego lo cuenta a sus sufridos amiguitos, obviamente ávidos de sus doctas explicaciones. Seguro que os viene a la memoria algún caso parecido porque, sin llegar a la pandemia, fuimos legión los enciclopedistas, entomófilos y humanistas alevines dispuestos a observar el cosmos bajo la “clara luz de la Razón“. Siendo así, no os extrañará que me gustara ver documentales. En ellos podías observar la conquista del espacio, la Revolución Rusa o los afanes del lirón careto. Podías observar sin ser visto, con un cómodo e imparcial distanciamiento, mientras bajo tu atenta mirada se dirimían luchas, cortejos y supervivencias, tú no tenías que formar parte. Liberado así del dramatismo de la acción, al no tener que huir, medrar, o en suma sobrevivir podías, con la perspectiva que da la distancia, comprender el decurso de otros seres, teorizar impunemente sobre sus existencias, estudiarlos, clasificarlos como un pequeño Linneo e incluso emocionarte en secreto al reconocerte en ellos. La distancia mediante entre la pantalla y tu nariz te convertía, sin más, en un pequeño Dios casero que observa condescendiente el devenir de sus criaturas mientras cena o hace la digestión aplastado en su sofá.

Esta exposición, como otras que la precedieron, es ante todo una invitación a la Soberbia. Un arrebato de soberbia para dar un salto que nos sitúe, creyéndonos por encima de los demás y de nosotros mismos en aquel sofá dese donde, observaremos la existencia a distancia, como si no nos afectara.

Visto desde esta perspectiva el hombre resulta un ser bastante cómico, siempre afanándose en llegar a más, en ser más, en tener más. Muchas veces ridículo, otras en cambio sublime, el hombre sometido a una mirada “entomológica”, muestra casi siempre un lado tierno, incluso patético. No en vano, a diferencia de las demás criaturas, le toca cargar con el conocimiento de su condición perecedera.

En el presente trabajo he desplazado el foco de atención más que, como en otras,  sobre los tipos humanos, sobre las obras que el hombre genera. La máquina es, a mi entender, la obra más genuina y esencial del ser humano. Sólo el hombre crea máquinas y siempre lo hace para satisfacer necesidades concretas. Así, mediante las máquinas que genera, el hombre define sus anhelos y, en cierto modo, desnuda su interior ante nuestra mirada. Siendo evidente esta comunión entre el hombre y el artefacto podremos, centrándonos aparentemente en la máquina, divagar sobre el deseo que la ha creado. Como veis “ya está otra vez el burro en las coles”, partiendo de lo mecánico volvemos a lo humano.

Para dar cuerpo a esta idea me planteé en un principio, suplantando formalmente a Leonardo entre otros, diseñar máquinas posibles pero absurdas, fríos artefactos delatores que, desde su aparente inexpresión y con toda la sencillez mecánica que me fuera posible, evidenciaran las motivaciones de los personajes que las animan. En función de dicha sencillez reduje al mínimo los aspectos formales de los diseños: imágenes bidimensionales sobre fondo plano realizadas con un simple bolígrafo, sin colores y, en general, evitando todo dato superfluo que no aportase nada al significado de las obras. Este punto de partida pronto empezó a cansarme. Tenía que evitar los aspectos más lúdicos de mi trabajo para ceñirme a aquella inicial sencillez conceptual. Poco a poco iba sintiendo la necesidad de dar color, manchar, difuminar, emborronar incluso, la línea me servía como base pero me resultaba insuficiente. Tenía claro que no quería que el concepto ahogase la vertiente plástica del trabajo así que decidí liberar a la obra de su ortodoxia inicial. Pronto empezaron a aparecer colores y manchas, el bolígrafo empezó a convivir con los lápices, las ceras, el óleo y los dorados que ahora podéis ver. En definitiva este “Elogio del Artefacto”, no es más que una reflexión conceptual vencida por su naturaleza plástica, de lo cual me siento completamente responsable.

Gracias por vuestro tiempo y, espero, vuestro interés.

ALFREDO LLORENS
Valencia

 

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